En lo que llevamos desde finales de 2023, hemos sido testigos de tres cumbres sobre Inteligencia Artificial, todas ellas marcadas por grandes declaraciones y escasos resultados prácticos. Las regulaciones, inicialmente presentadas como imprescindibles, ya comienzan a «laxificarse» antes incluso de ser implementadas, mientras que memorandos de entendimiento quedan en papel mojado antes de que la tinta de las firmas se seque.
Estados Unidos muestra una deriva preocupante en este campo. Mientras amenaza con aranceles a Europa, parece olvidar que el viejo continente cuenta con activos estratégicos como ASML Holding, la empresa neerlandesa que domina la tecnología de litografía extrema ultravioleta, esencial para la fabricación de chips avanzados que ninguna empresa estadounidense puede igualar.
Desde Roma, nos posicionamos como líderes en infraestructuras, un aspecto cada vez más determinante en el desarrollo de la IA. Y es que, contrariamente a lo que muchos piensan, la IA ya no es tanto una cuestión de conocimientos teóricos —al fin y al cabo, el álgebra, los logaritmos y las matrices son principios matemáticos universales— sino de capacidad infraestructural.
Si Europa quisiera realmente equilibrar la balanza de poder, quizás debería considerar medidas más inteligentes que responder a amenazas arancelarias con la misma moneda. Imponer gravámenes específicos a los productos financieros estadounidenses podría causar un impacto mucho más profundo en su economía, tocando uno de los puntos más sensibles del gigante norteamericano.
La partida de ajedrez global en torno a la IA está aún en sus primeros movimientos, pero una cosa está clara: quien controle las infraestructuras y los componentes esenciales tendrá ventaja decisiva, más allá de las declaraciones grandilocuentes en cumbres internacionales.


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