En medio del pueblo infectado, Anna, Fernando y Akio se movían con cautela, intentando mantener las apariencias frente a aquellas personas-no-personas que los observaban con sus ojos verdosos y vacíos.
«El contacto de mi padre mencionó un punto de encuentro,» susurró Anna mientras fingían examinar los productos de una tienda local. «Dijo algo sobre ‘donde el agua besa la tierra marchita’.»
Los habitantes del pueblo continuaban sus rutinas diarias con una precisión mecánica perturbadora. Niños que jugaban sin reír, mujeres que tejían sin parpadear, hombres que trabajaban sin sudar.
Al caer la tarde, el sonido estridente de unos loros los sobresaltó. Las aves, posadas en un árbol cercano al borde del pueblo, gritaban con una desesperación demasiado humana.
«¡Auxilio! ¡Socorro! ¡Ayuda!» chillaban los loros, sus voces cargadas de una angustia que contrastaba brutalmente con la calma artificial del pueblo.
«Son los únicos que no están… afectados,» observó Fernando, notando cómo los habitantes ignoraban completamente los gritos de las aves.
Akio señaló hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a hundirse en las aguas del Paraná. «El embarcadero,» dijo en voz baja. «El río es el límite natural de la infección. Por eso el contacto quería vernos allí.»
Se escabulleron del pueblo al anochecer, siguiendo un sendero que descendía hacia el río. El embarcadero de madera se extendía sobre las aguas oscuras del Paraná como un dedo señalando hacia la libertad. Las tablas crujían bajo sus pies, y el aire olía a agua dulce y vegetación en descomposición.
«Los símbolos,» murmuró Anna, agachándose para examinar los pilotes del embarcadero. «Son diferentes aquí. No están infectados como los del pueblo.»
«Miren,» señaló Fernando hacia el agua. Bajo la superficie, algo emitía un tenue resplandor azulado, un color que contrastaba con el enfermizo verde que habían visto hasta ahora.
«El agua,» dijo Akio, comprendiendo. «No es solo un límite… es una barrera natural contra lo que sea que está infectando la tierra.»
Los gritos de los loros seguían resonando en la distancia, como un recordatorio de que aún quedaba algo de humanidad en aquel lugar maldito. El río fluía con una cadencia antigua y poderosa, ajeno a la corrupción que se extendía por sus orillas.
Anna sacó el papel arrugado con las coordenadas que su padre le había dejado. «El contacto debería estar aquí en cualquier momento,» dijo, mirando nerviosamente hacia el pueblo dormido. «Solo espero que no sea demasiado tarde.»
El agua del río golpeaba rítmicamente contra los pilotes del embarcadero, y en la oscuridad creciente, los símbolos no infectados comenzaron a brillar con una luz propia, como si respondieran a su presencia. El tiempo seguía corriendo inexorablemente hacia el 7 de julio, pero por primera vez desde que comenzó toda esta pesadilla, sentían que estaban cerca de algunas respuestas.
En la distancia, el motor de una lancha comenzó a romper el silencio de la noche.


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