El contraste entre el desayuno ceremonial y el pueblo menonita era desconcertante. Mientras que Anna aún sentía el eco de los cánticos resonando en su mente, la simplicidad aparente de San Pedro parecía una máscara más sutil pero igualmente inquietante.
Anna se acercó al pedestal, su mano temblando ligeramente al extenderla hacia el libro. El símbolo en la portada parecía vibrar con una energía propia, recordándole terriblemente a los diagramas que había visto en el anacrolibrum de su padre. La similitud no podía ser coincidencia.
«Este símbolo…» murmuró, retirando la mano como si el libro pudiera quemarla. «Es el mismo que aparece en las páginas sobre la convergencia cósmica.»
Fernando se acercó, su rostro pálido bajo la luz mortecina de la tienda. «Los cuatro rayos… representan los puntos cardinales de la realidad fragmentada, ¿verdad?»
El líder sonrió, pero no era la sonrisa mecánica del desayuno. Era algo más antiguo, más genuino y por ello más terrorífico. «Veo que el conocimiento ya fluye en ustedes. Los árboles no son los únicos que pueden ser… infectados.»
Akio, que había estado examinando las vitrinas, se detuvo en seco. «Los Lapachos enfermos… no es una enfermedad natural, ¿cierto? Es una manifestación.»
«Manifestación, transformación, revelación…» El líder acarició el lomo del libro con una familiaridad perturbadora. «Los menonitas no eligieron este lugar por accidente. Sus ancestros sintieron el poder que dormía bajo esta tierra. Lo que ustedes llaman ‘secta’ es solo la culminación de algo que comenzó hace siglos.»
Anna notó entonces los patrones en las paredes de la tienda, casi invisibles bajo capas de polvo y tiempo. Los mismos símbolos del libro se repetían en una espiral que parecía absorber la luz.
«El desayuno…» susurró Anna, comprendiendo. «La comida perfecta, los cánticos… era una preparación.»
«Para esto,» confirmó el líder, abriendo el libro. Las páginas emitían un débil resplandor verdoso, y el aire se volvió denso, cargado de un olor metálico. «El anacrolibrum que encontraste es solo una sombra de este texto. Aquí está el original, la fuente. Y ustedes…» su sonrisa se ensanchó de forma imposible, «son las llaves que hemos estado esperando.»
Las palabras en las páginas comenzaron a moverse, reorganizándose como insectos negros sobre el papel amarillento. Anna sintió que algo se desgarraba, no en el aire sino en la realidad misma. Los límites entre la tienda escondida y algo más vasto, más antiguo, comenzaban a difuminarse.
La verdadera naturaleza de su cautiverio empezaba a revelarse, y era infinitamente más terrible de lo que habían imaginado.


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